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Dando Amor A Quien No Lo Quiere

A las 12 de la noche de un jueves, me despertó el rítmico rasgueo de una guitarra y un pequeño coro que entonaba las famosas “Mañanitas”.

Dado que eran, según yo, tres hombres y una guitarra, asumí que venían a cantarle a la novia (en primer lugar) o a la mamá de alguno de ellos.

Supongo que hubiera sido mejor la segunda opción.

Se escucho la puerta abrirse de golpe y la voz airada de una mujer joven, que increpó a alguno de los cantantes por la hora y el ruido.

“Pero…”, comenzó a decir una voz antes de ser interrumpido con más vociferaciones, seguidas de un portazo.

No sé que más tenía planeado este tipo para el cumpleaños, pero aparentemente había empezado mal.

Más tarde, camino a la oficina en el auto de un compañero, con el que compartía la manejada diaria al trabajo, vimos un letrero en un puente que decía:

“Mónica, te amo, ¿te quieres casar conmigo?”

“Yo una vez hice algo así”, me comentó.

“¿Y qué tal?”, pregunté.

Siguió una historia parecida a la del cumpleaños. La Dulcinea lo había increpado por poner su nombre donde todos lo vieran.

“¡Qué vergüenza me hiciste pasar con mis amistades!”, fue una de las reclamaciones.

No hubo necesidad de preguntar si aceptó o no. Viéndolo por el lado bueno, la vida con esa mujer habría sido bastante difícil.

Camino a mi oficina vi a nuestra recepcionista poniendo una flor en un pequeño florero transparente, con el ceño algo fruncido.

“¿Pasa algo?”, pregunté.

“Otra vez ese Daniel… Todos los días me trae una flor. Según él para alegrarme el día pero a mí me molesta estar cuidando plantas porque si se seca luego se ofende…”.

El día transcurrió sin muchas novedades, hasta que llegó una compañera al borde de las lágrimas a preguntarme si podía hablar un momento conmigo.

Había reservado un fin de semana en una ciudad cercana para una escapada romántica con su novio.

El tipo le había dicho que no podía ir y que para qué gastaba dinero en eso si podían hacer lo mismo en la ciudad por una fracción del costo.

A la hora de salida, mi compañero de auto se disculpó diciendo que tenía que quedarse tarde; ¿podría regresarme en taxi y mañana le tocaba otra vez traerme?

No habría problema. Me gustaba atravesar un parque a la salida, antes de tomar un taxi a mi casa.

Mientras caminaba viendo el atardecer, escuché una canción algo desafinada.

Sentados en el pasto sobre lo que podría ser una sábana, un mantel o una chamarra, un tipo le cantaba algo a su novia.

La chica lo escuchaba embelesada, ignorando los altibajos de la voz y el ocasional acorde mal tocado.

Una vez que terminó, ella lo abrazó tan fuerte que pensé que rompería la guitarra.

El sacó una flor algo maltratada de su mochila y se la dio.

La tomó entre sus dedos, la olió profundamente y lo besó.

Se quedaron así, en un largo beso, mientras el sol terminaba de ponerse.

Me quedé pensando en todos los que hacíamos lo posible por impresionar a quienes no querían impresionarse, al menos no por nosotros.

Todos los esfuerzos que a veces hacemos para sacarles una sonrisa, un beso, un abrazo, una cara de asombro o emoción.

Recordé las muchas ocasiones en que traté de ablandar el corazón de alguna mujer que parecía tenerlo blindado.

Tratar de hacer feliz a quien no quiere serlo contigo es una receta para ser miserable.

¿Por qué entonces lo seguimos intentando? ¿Para ver si alguna de nuestras ideas logra por fin que sonrían y se arrojen a nuestros brazos? Sí claro…

Mejor es la búsqueda de quien recibirá tus intentos con una sonrisa y aplaudirá el esfuerzo en vez de dejarte caer.

Nada mejor para alegrar un corazón que ser correspondido, en vez de darle una flor a quien arruga la nariz o decirle “te amo” a quien no quiere escucharte.

Le hice la parada a un taxi y abrí la puerta cuando se detuvo.

Los novios seguían besándose.

Al menos para ellos, las cosas iban bien.

Pasar menos tiempo tratando que te quiera quien no te quiere querer que buscando quien te corresponda no es tan fácil, pero vale la pena.

Una sonrisa realmente puede iluminarte el día, cuando viene de alguien a quien le importas. Al menos siempre será mejor que una mirada de fastidio. ¿No?