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El Amor No Requerido

Pocas cosas son peores que el amor no correspondido, pero hay una opción: el amor no requerido.

Hay personas que no te quieren, al menos no como tú esperas, pero al menos están felices de tener al amor que les profesas.

La chica que “solo te quiere como amigo”, la que disfruta de la veneración de todos… tal vez no te correspondan pero están felices de que les quieras.

No será lo mejor para ti, pero al menos sabes que tus esfuerzos son apreciados, al menos a cierto nivel.

Podría ser peor… el objeto de tu afecto podría ignorar y hasta molestarse por tus esfuerzos.

Amor no correspondido es malo, pero amor no requerido es todavía peor…

 

Dando Amor A Quien No Lo Quiere

A las 12 de la noche de un jueves, me despertó el rítmico rasgueo de una guitarra y un pequeño coro que entonaba las famosas “Mañanitas”.

Dado que eran, según yo, tres hombres y una guitarra, asumí que venían a cantarle a la novia (en primer lugar) o a la mamá de alguno de ellos.

Supongo que hubiera sido mejor la segunda opción.

Se escucho la puerta abrirse de golpe y la voz airada de una mujer joven, que increpó a alguno de los cantantes por la hora y el ruido.

“Pero…”, comenzó a decir una voz antes de ser interrumpido con más vociferaciones, seguidas de un portazo.

No sé que más tenía planeado este tipo para el cumpleaños, pero aparentemente había empezado mal.

Más tarde, camino a la oficina en el auto de un compañero, con el que compartía la manejada diaria al trabajo, vimos un letrero en un puente que decía:

“Mónica, te amo, ¿te quieres casar conmigo?”

“Yo una vez hice algo así”, me comentó.

“¿Y qué tal?”, pregunté.

Siguió una historia parecida a la del cumpleaños. La Dulcinea lo había increpado por poner su nombre donde todos lo vieran.

“¡Qué vergüenza me hiciste pasar con mis amistades!”, fue una de las reclamaciones.

No hubo necesidad de preguntar si aceptó o no. Viéndolo por el lado bueno, la vida con esa mujer habría sido bastante difícil.

Camino a mi oficina vi a nuestra recepcionista poniendo una flor en un pequeño florero transparente, con el ceño algo fruncido.

“¿Pasa algo?”, pregunté.

“Otra vez ese Daniel… Todos los días me trae una flor. Según él para alegrarme el día pero a mí me molesta estar cuidando plantas porque si se seca luego se ofende…”.

El día transcurrió sin muchas novedades, hasta que llegó una compañera al borde de las lágrimas a preguntarme si podía hablar un momento conmigo.

Había reservado un fin de semana en una ciudad cercana para una escapada romántica con su novio.

El tipo le había dicho que no podía ir y que para qué gastaba dinero en eso si podían hacer lo mismo en la ciudad por una fracción del costo.

A la hora de salida, mi compañero de auto se disculpó diciendo que tenía que quedarse tarde; ¿podría regresarme en taxi y mañana le tocaba otra vez traerme?

No habría problema. Me gustaba atravesar un parque a la salida, antes de tomar un taxi a mi casa.

Mientras caminaba viendo el atardecer, escuché una canción algo desafinada.

Sentados en el pasto sobre lo que podría ser una sábana, un mantel o una chamarra, un tipo le cantaba algo a su novia.

La chica lo escuchaba embelesada, ignorando los altibajos de la voz y el ocasional acorde mal tocado.

Una vez que terminó, ella lo abrazó tan fuerte que pensé que rompería la guitarra.

El sacó una flor algo maltratada de su mochila y se la dio.

La tomó entre sus dedos, la olió profundamente y lo besó.

Se quedaron así, en un largo beso, mientras el sol terminaba de ponerse.

Me quedé pensando en todos los que hacíamos lo posible por impresionar a quienes no querían impresionarse, al menos no por nosotros.

Todos los esfuerzos que a veces hacemos para sacarles una sonrisa, un beso, un abrazo, una cara de asombro o emoción.

Recordé las muchas ocasiones en que traté de ablandar el corazón de alguna mujer que parecía tenerlo blindado.

Tratar de hacer feliz a quien no quiere serlo contigo es una receta para ser miserable.

¿Por qué entonces lo seguimos intentando? ¿Para ver si alguna de nuestras ideas logra por fin que sonrían y se arrojen a nuestros brazos? Sí claro…

Mejor es la búsqueda de quien recibirá tus intentos con una sonrisa y aplaudirá el esfuerzo en vez de dejarte caer.

Nada mejor para alegrar un corazón que ser correspondido, en vez de darle una flor a quien arruga la nariz o decirle “te amo” a quien no quiere escucharte.

Le hice la parada a un taxi y abrí la puerta cuando se detuvo.

Los novios seguían besándose.

Al menos para ellos, las cosas iban bien.

Pasar menos tiempo tratando que te quiera quien no te quiere querer que buscando quien te corresponda no es tan fácil, pero vale la pena.

Una sonrisa realmente puede iluminarte el día, cuando viene de alguien a quien le importas. Al menos siempre será mejor que una mirada de fastidio. ¿No?

¿Por qué aumentar la distancia?

En una tarde cálida, mientras las palomas se arremolinaban para comer las sobras de mi sándwich, una chica se sentó al otro extremo, escribiendo furiosamente en su celular.

Las respuestas llegaban casi de inmediato y cada una parecía enojarla más.

Cuando leyó el último mensaje se puso roja, se mordió el labio y me pareció que iba a lanzar el teléfono al agua.

“¿Todo bien?”, le pregunté.

Me miró como diciendo “viejo rabo verde” y regresó al teléfono, que había comenzado a vibrar de nuevo.

“Ok, olvídalo” dije y arrojé las últimas dos orillas del pan a las palomas. Al menos ya sabía que ellas siempre me prestaban atención, especialmente cuando tenía pan en las manos.

Un par de mensajes después puso a un lado el teléfono, suspiró y volteó a verme.

“Disculpa, es que estuve peleando con mi novio”, me dijo mirando al suelo.

“Debe haber sido algo grave… Parece que el teléfono también está alterado”, le dije mirando el teléfono que, con cada vibración, parecía caminar en círculos.

Sonrió levemente y comenzó a contarme acerca de su relación.

Lo había conocido por la red (quién no en estos tiempos…) y llevaban dos años “viéndose”. Habían platicado por teléfono, hecho reuniones virtuales y, en cuatro ocasiones es que hubo oportunidad se habían visto en persona.

“Me dice que me ama y yo también lo amo pero que debemos llevar las cosas con cuidado, que nuestra relación debe evolucionar. ¿Qué diablos es eso?”, terminó diciendo, frustrada.

“Pero tal vez tiene razón, ¿sabes? A veces llevo las cosas demasiado lejos. Tal vez debo darle espacio y esperar que todo siga su camino, ¿no?”

“¿Alguna vez estuviste así?”, me preguntó.

De hecho, lo viví dos veces y la primera sin correo electrónico. Nos comunicábamos por carta y por teléfono de vez en cuando.

Es increíble cómo unas cuantas letras en una hoja pueden cambiar las cosas, hacerte sentir que alguien está contigo y que la distancia no importa.

La segunda vez, ya con Internet a la mano, seguía sintiendo lo mismo, solo que más rápido.

“¿Entonces tú crees que sea normal?”

La verdad no. En ambas ocasiones me la pasaba pensando en cómo verla.

Le conté cómo me escapé de clases y del trabajo, me gasté todo lo que tenía y hasta lo que no tenía, manejé durante horas o me subí en camiones abarrotados con tal de estar con ella.

Un par de horas viendo sus ojos eran mucho más valiosas para mí que mil cartas.

Si alguien realmente quiere a una persona, hará lo imposible por verla.

“Y más a una chica tan linda como tú”, terminé diciéndole.

El teléfono seguía vibrando. Me miró con una sonrisa y metió el teléfono en su bolsa.

“¿No le vas a contestar?”

“No. Si quiere algo conmigo, que me lo diga en persona”

A pesar de que ya no les había dado nada, las palomas seguían cerca, esperando que fuera más generoso.

“¿En serio escribías cartas?”, me preguntó.

“Eran otros tiempos… pero sí, tardaban una semana en llegar y a veces más…”

Se rió de cómo fueron mis tiempos y cómo habían cambiado las cosas. ¿Quién iba a decir que un día estaría dando clases de historia antigua en un parque?

“Gracias, me gustó hablar contigo”, me dijo mientras se levantaba y se alejó.

“Vaya que han cambiado las cosas”, pensé.

¿A dónde se habían ido las ganas de estar con alguien?

Aunque la tecnología cada día es mejor, no puede compararse con la magia de ver sus ojos, tomar su mano y sentir su boca.

Las palabras solo pueden servir hasta cierto punto.

Parece que estos días las distancias se han acortado, pero no lo suficiente. Si no puedo tomar su mano, está muy lejos.

Es hora de buscar la manera de estar más cerca.

Amor para tratar anorexia y otras cosas

Con la novedad de que en algunos estudios del Reino Unido y Corea, pacientes con problemas de sub-alimentación como la anorexia tenían menos fijación en su apariencia gracias a una hormona que se libera durante el sexo, el parto y cuando le dan pecho a un bebé.

¿Por qué pongo esto aquí?

Porque según se trata de la llamada “hormona del amor” u oxitocina.

Esa sensación hermosa del amor, la conexión, estar con tu alma gemela… ya sabes a quién darle las gracias.

La anorexia y otros desórdenes alimenticios le han hecho la vida miserable a millones de chicas durante décadas y hay muchos tratamientos, pero no siempre funcionan.

Ahora hay otra posibilidad.

¿Quién iba a decir? Si quieres curarte de esas cosas, ¡solo tienes que enamorarte!

Bueno, y que te correspondan. Claro que dicen que falta mucho como  para decir que esto puede ser un buen tratamiento para estos males (que parecen aumentar día a día).

¡Con razón empiezas a engordar cuando consigues pareja! Si con en enamoramiento se te quita la ansiedad por tu apariencia, pues ya sabes, no es tu culpa, ¡es culpa de las hormonas!

Tal vez por eso me cuesta tanto salir a correr…